domingo, 4 de mayo de 2014

Cuzco, Bolivia y anticuchos a un sol cincuenta.

Cuando regresé de Cuzco, pensé en escribir algo. Habían muchas cosas que decir e historias que contar pero no encontré las palabras precisas para describir todo lo que sentí. Es probable que tampoco las encuentre ahora y aunque una voz interna me dice que avance mi trabajo de Métodos, este sábado tan atípico, las fotos recientes y una música muy hermosa sugieren lo contrario. Hoy, meses después y superadas aquellas 24 horas en bus llenas de películas de los Oscars, me animo a escribir. 

De Cuzco me quedo con las paredes grandes, las calles empinadas, los lustrabotas de la plaza y el mirabus que pasaba distante a diario. Nunca me han gustado los tours, me irrita estar rodeada de mucha gente y tener que subirme al mismo bus para sentarme en el mismo sitio mientras un niño llora al frente mío y me dan 5 minutos o menos para bajar, tomar un par de fotos y apreciar brevemente el paisaje que me rodea. Como si se tratara de poner check-in a todos los lugares que visitas, de sumar una figurita al album panini de la vida. No me gusta sentirme turista así que prefiero conocer por mi misma, no detrás de una ventana empañada sino fuera de ella. Lanzarme al primer micro que me lleve a algún lugar y organizar mi tiempo como prefiera. No es que no me gusten los guías, al contrario, son los que mejor me caen (Francis, where will it lead us from here?) pero sin sonar intolerante, no soporto a las personas que fingen escuchar mientras lo tuitean e instagramean. Así que aunque sea una pésima fotógrafa, amo tomar fotos a mi ritmo y de vez en cuando grabar lo que pasa a mi alrededor, para quedarme con la risa y las palabras de mis amigos.

No me jode decir que visité Macchu Picchu sola mientras mis amigas ya estaban en Lima porque me permitió vivirlo de una forma distinta. Pensar, sentirme una piedra más, escuchar la voz del paisaje y los relatos de Jesús con su gorro de explorador. Me pregunto que será visitar Macchu Picchu sin nada de gente, cuán hermoso debe ser sumergirte en el pasado de tu historia. Ese día terminé en un mercado luchando por un pan y tras dos horas de retraso, regresé en el bus frente a la Señora que un día antes intentó pegarme al comprar las entradas del tren y ahora me pedía disculpas y me presentaba a María Claudia, su hija mayor. Cuando me preguntó porque andaba tan sola no tuve respuesta y me dio roche decirle que tampoco sabía como regresar de Ollaytantambo. Una familia feliz me rescató y me dejó en la plaza con temor, así que me fui a comer pizza a Marango's en mi intento desesperado por encontrar un enchufe y tomar una copa de vino. 

Tampoco me jode decir que mi viaje no estuvo lleno de fotos grupales, Brenda y por ahí Valeria fueron las únicas que respondieron a mis gritos matutinos pero sólo en Cuzco, porque en La Paz anduve sola y sin bañarme. Con Brenda me fui a Tipón, dónde casi nos retienen por "destrucción" del patrimonio cultural y nadie dijo nada de mis botas adoloridas y a Pikillacta que nos recibió con lampas, mapas ilegibles y una niña bailando Limbo en el borde del puente a la que nunca le pasamos su foto. Me encanta fijarme en los detalles, reírme de aquello que no tiene importancia y echarme en el pasto para ensuciarme la ropa. De ahí aprendí que la mantequilla de cacao te quema de los labios y que mis pulmones no siempre quieren jugar conmigo. Luego aprendería que el gorro que tanto me gustó parecía en verdad un condón y que a los gatos de ojos amarilos no les gusta la lavandería. Pérdidas en la carretera, con un cartel que tenía todo menos indicaciones y una carretera que nos botaba a cada segundo. Dando vueltas hasta seguir a los señores que con lampa en mano, dignos de una película de terror, se perdían en nuestra agonía. Cuánto nos costó llegar y que poco nos quedamos porque mi pie derecho se peleó con el izquierdo y porque polvo y cansancio se escondieron bajo mis ojos.

Fuimos también a Moray pero casi no regresamos. Primero, por mi insistencia de ir el mismo 28 en la tarde (Esta a 20 minutos decía) y segundo, por no querer gastar mucho. Tras 10 minutos en un carro desconocido al que le dijimos que no nos espere porque creíamos que era fácil regresar, nos encontramos con muchos carros llenos y miradas nada amistosas. Nuestros amigos taxistas se reían de nuestra situación y el amigo de Valeria nunca tuvo espacio. Al final, corrí detrás de un carro y luego de rogarle que nos jalara, terminamos botadas en la carretera mientras los turistas nos ignoraban y eso de jalar dedo era un fracaso. Gracias a los 2 amigos que nos acogieron en sus carro y a los que tuve que hablarle por dos horas mientras las chicas dormían (Gracias chicas por quedarse dormidas, las odio)

Me pregunto si todo hubiera sido mejor en un tour pagado, con asiento reclinable. Me atrevo a creer que no y aunque me perdí varias veces con mapa incluído, nada puso salir mejor. Tengo esa costumbre de querer hablar con gente que quizás no quiere hablar conmigo, de preguntarles por el clima, por los turistas y llenarlos de otras curiosidades. No me gusta quedarme con postales, jamás compraría una ni tampoco me tomaría una foto con una vicuña por un sol. Me gusta, en cambio, quedarme con boletas, boletos y piedras. Me gusta quedarme con personajes, desperfectos, con la empanada de espinaca con queso en Pisac y no ignorar la pobreza que invade el rincón de cada lugar que visitas. Puede que no sea la compañera perfecta para juerguear aunque no puedo negar que tengo un par de noches en blanco pero sí la indicada para caminar hasta no sentir los pies en mis converse rojas, para subirse a cualquier lado aunque me caiga en el intento o reírme de las situaciones más bizarras y emocionarme por el cielo entre las tejas.

En Cuzco me sentí libre, me encantaba salir del hotel por las mañanas, perderme en los museos o escaparme en las noches sólo para ver la gente pasar. La confluencia del pasado y el presente en un edificio, el ladrillo sobre la piedra y el balcón colonial en donde ahora funciona una agenda de turismo mientras las nubes cacadecaballo bajan e invaden las calles de frescura. Adoro no sufrir de altura porque eso me permite saltar y correr, hasta que mi físico diga basta. Nada como ver la plaza en la oscuridad ya sin mucha gente, solo las licuadoras de las juguerías a todo motor y los perros callejeros tomando el monumento con sus ladridos mientras yo corría con un par de piscos encima, dando vueltas a cada columna y riéndome de las cosas hasta tumbarme en la cama.

Otro recuerdo de ese viaje son los miles de buses que tuve que tomar. Cuzco-La Paz- Uyuni- Jeep- Uyuni- La Paz- Cuzco. Recomendaciones: Paguen un poco más si saben que sufren de incontinencia urinaria, lleven una manta gruesa y que huela rico y más de 2 panties si aún tienen aprecis por sus huesos. No fui en el clima indicado porque me olvidé de buscar en wikipedia y mis fotos son una sucesión de flashes sin contenido pero nadie me quita todos los escenarios que pasaron por mi mente durante esos días. El hotel de Sal y Francis que quería regresarnos a Uyuni a patadas, la sopa con papas fritas más extraña que he tomado, la inmensidad del salar que me comía de a poquitos, rocas y cactus a montones que escalé sin entender que hacían allí. Uyuni me acercó a mis amigas por el agua fría y a Francis, que nos hundió en el agua por creerse piloto del Dakar.

Son muchos pensamientos bonitos que vienen a mi mente y me hacen recordar cuanto aprecio mi independencia. El día que inauguraron el tren del pueblo, me llevaste a empujones por las calles vacías, vestida como una niña pequeña que recién aprende a andar. Ponte bonita- me dijiste- que no todos los días se ve al presidente. El día que inauguraron el tren, el bus, el avión, el medio de transporte, jamás me dijiste cuánto podría conocer por mi misma ni lo pequeña que fui y soy ante los guardias de seguridad.


viernes, 25 de abril de 2014

Mi celular y yo


Mi primer celular costó 30 soles y no vino en cajita. Papá Carlos me lo trajo en una noche junto a una boleta. No me gustaba porque no tenía Snake y tampoco puedo decir que le agarré cariño, porque sólo me duró un mes. Nadie usaba celular y, por tanto, no lo necesitaba. Digamos que papá, mamá y mi teléfono fijo pudieron esperar un poco más.  La única que lo conoció fue Daniella (Y seguro no se acuerda) la tarde que empezó a ilustrar su primer libro mientras yo inútilmente dibujaba angelitos y me robaba sus CD’s de 6 voltios del portadiscos naranja en forma de pelota. 

Mi segundo celular fue un Samsung del que no queda registro, era largo y delgado y con una antenita al costado que terminó destrozada (No es mi perro, soy yo) Es cierto que no tenía Snake pero era a colores y en una época en donde los celulares naranjas y azules abundaban, el mío logró causar sensación. De ese celular me quedan dos grandes recuerdos.

El primero me lleva al Jockey Plaza, luego de una caída mortal en el cumpleaños de una amiga decidimos ir a comer. En ese entonces, y quizás hasta ahora, no sabía amarrarme los zapatos bien así que paraba cada 5 pasos para enredar mis pasadores. Se me ocurrió sentarme al costado de una maquinita y de pasó, dejar mi celular debajo. Ya en el camino a casa (Como siempre) me di cuenta que me faltaba algo, que Papá Carlos me iba a matar por perder siempre mis cosas así que regresé corriendo y recorriendo cada local hasta que ahí, en la sombra, esperaba mi celular brillante.

El segundo se resume en un consejo: JAMÁS regalen su celular. El Samsung terminó guardado en el rincón de uno de los cajones de Mamá Marcia quien no tuvo la mejor idea de regalarlo sin mi permiso. Así, y sin querer, cayeron en manos erradas todas mis pseudo canciones. Algo así como Robin de How y Met your Mother y “Let’s go to the Mall” (#Ok, no tanto) pero igual de rochoso. “Mañana es mi cumpleaños/13 años voy a cumplir/Con torta de chocolate/Nos vamos a divertir” Han pasado 7 años y creánme que no falta año en la que a alguien se le ocurra sacar el tema y corear la canción. (Gracias Chicho, yo también te quiero)

Luego de ese vino el indestructible Sony Erikson. Digo indestructible porque Camila se encargó de matarlo en todas las formas. Desde jugar “camotito” en el patio del colegio para ver si se rompía, hasta enterrar la bolita del celular en las macetas para ver dónde estaba, mi celular pasó por todos los lados y manos posibles. ¿La razón? Nadie cree ni creía que podía tener un celular más de un año, así que su ayuda social era destruirlo conmigo y así lo hicieron.

El Nokia 3500 no se hizo esperar y con ella una versión de Snake animada. Primer celular Slide en mi posesión y primer celular que destruí por mi cuenta. Las franjas azules pronto se fueron saliendo y los botones dejaron de funcionar hasta el punto que empecé a usar un alfiler para poder escribir (#FirstWorldProblems) Mi papá no entendía si en verdad quería un celular o sólo un juguete armable, así que fue muy sincero y me dijo “Si el próximo no te dura, olvídate de todo” (Y vaya que me olvidé muy rápido)

Antes de mi primer nextel tuve mi último Sony Erikson, uno morado con tapita y que era Walkman. Tener música en el celular era una revolución que dejó al 107.7 en un segundo plano. Caminar cantando tus canciones favoritas con los audífonos puestos como a quien no le importa la cosa. Lástima que a mis amigas jamás les gustara mi música ni tampoco Frank Iero y que rechazaran mis múltiples intentos por ponerlos en las reus.

La era de los nextel llegó muy rápido para muchos (Salvo quizás Gustavo que se compró un nextel cuanto todos migramos a blackberry) Los celulares se fueron llenando de polvo y fueron reemplazados por esos ladrillos vintage sin cámara (en su mayoría) pero con botoncito. La época del alértame, de colgar tu nextel en el bolsillo, pantalón, cartera o cualquier superficie visible a más de 10 metros de distancia para parecer chévere. No entiendo cómo nunca me robaron pero agradezco que nunca lo hayan hecho y recuerdo ahora lo incómodo que era caminar con el clip por todos lados. Mi nextel no fue de los comunes, apareció un día en mi cama porque mi hermano lo encontró en la calle y me perteneció porque según él, era muy femenino para su gusto.

De ese nextel tengo muchos recuerdos. Los sábados en el colegio para la Confirmación, mis primeras reus, los viernes en la casa de Rossi escuchando música en su salita y quemando cosas con benzina hasta que la abuela nos bote, las amanecidas conversando hasta que ya no podía apretar el botoncito por el cansancio, el lapso de tiempo que te daba la alerta para reírte de alguien o tirarte un pedo sin que nadie se diera cuenta.

Luego de eso vinieron 3 nextel, cada uno me duró menos que el anterior. El primero parecía un blackberry (Que ese tiempo no conocía. ¡Ya no tenías que apretar una misma tecla para conseguir una letra! Y lo mejor, ¡Tenía cámara! Quizás no era muy resistente pero ocupaba menos espacio. Todo bien hasta que un día Calvin, que recién aprendía a usar sus dientes, se fue corriendo con mi celular en la boca. Corrí, lo cogí, vi mis teclas mordidas (Y esta vez no fui yo) y me resigné. Así estuve un par de meses, con teclas que tampoco funcionaban y que probablemente estaban babeadas, hasta que mi madre y sus miles de convenios con dentistas, oftalmólogos y vendedores de celulares me llevaron a mi próximo nextel: Uno con Slide, twitter y Facebook.

El primero me duró 6 meses y el segundo algo de dos, ninguno tuvo internet. Esos celulares me llevan a la PUCP, a mis huecos en el arbolito, a mis poleras y pantalones incaicos (los aretes de corcho que me vendió Illary también se suman), a los primeros amigos que conocí y que en su mayoría hasta ahora me acompañan. El primero se me perdió en la Bienvenida de Cachimbos (Desde ese momento juré jamás regresar a una y no lo he hecho) Las dos cajetillas de 10 de Marlboro blue que regalaban ocuparon todo el espacio y el cierre abierto dio paso a una propuesta realmente indecente. Gracias choro por reforzar mi teoría con la tecnología, gracias bus por dejarme en la mitad de la primavera perdida y no-gracias madre por insistir en comprarme el  mismocelular sabiendo las consecuencias. Un poco de pisco bastó para acabar con la era de los nextels y hacerme PING.

Me escapé en el hueco antes de mi clase de Matemáticas con Maritza Luna para ir a telefónica de Plaza y volver a mi cajita. Le juré a mi papá que no sabía que había pasado pero cuando me dijeron que había pisco en mi celular, bajé la cabeza y le pedí compasión. La abuela nos atormentaba con su blackberry y Male había impuesto su tendencia móvil hace siglos así que aprovechando una promoción universitaria, saqué a mi bebé.

A veces me sorprende que rápido nos adaptamos a la tecnología. Quien pensaría que ahora todos usan whatsapp, que ya nadie manda mil cadenas diarias por Jesús, José, María, el Burro y los venados o que ahora tener blackberry es ser un atrasado tecnológicamente.  Fue volver a Messenger por un segundo y ese segundo fue hermoso. Ordenar a tus círculos de amigos, crear grupos de conversación, poner mil estados con tu PING para que todos sepan que ya tienes bb, hackear a las personas en sus estados o nombres y enviar zumbidos. El blackberry resume la otra mitad de letras y sobre todo, mi amistad con Mapi y Micaela. Conversar antes de las prácticas de Amy y ver los mils PING’s, PONG’S, PANG’S de la abuela contándonos sus desgracias y hacerle screenshots con Munch Screen. Tomarle fotos a la abuela en todas sus facetas: Abuela empresaria, abuela tomando agua, abuela buscando llaves, abuela secando su chompa, post-its abuelísticos, abuela sirviendo el té o comprando el lonche, abuela estudiosa, abuela. También me recuerda a Ana Paula y a todo lo que un celular no debería ser (Pasar electricidad no es una función, Apa), a Bertha y las mil hackeadas de venados que tuvo su celular o a Renato porque nunca quiso tener un blackberry e incluso a Juan Carlos porque lo recibió en navidad junto a Marisol y eso me pareció muy tierno.  

Terminamos mi larga y quizás aburrida historia, con mi último celular: Un Motorola RAZR XT790 que aún tiene cajita. Ahora está malogrado y mi papá dice que lo arreglará, pero ya no me importa. En Ayacucho sufrí porque la batería está malograda y ya no me dura, ya no podía subir fotos o editarlas e instagram ni tuitear sobre los detalles de mi vida que a nadie le importan. Descubrí cuán dependiente me había vuelto de la tecnología y tras una semana, he vuelto a encontrar la calma. El próximo mes cumplirá un año conmigo y si las cosas salen bien, les escribiré a todas las personas que creían lo contrario (Sí, Camila). Aunque seamos sinceros no hay que confiarnos, mi blackberry se perdió 10 días antes de que se cumpla la garantía y mis 13 meses de esfuerzo se fueron en un segundo. Cuando el Motorola regrese es probable que vuelva a mi dependencia y a medida que avanza la tecnología y se transforman nuestros hábitos, vendrán más y más celulares que estarán ahí para recordarme nuevas personas y momentos.

Gracias al comentario de un amigo, escribiré sobre nuestra graciosa dependencia a la tecnología y desapego a la realidad. Bueno si me alcanza el tiempo y si soy capaz de articular luego de tanto más de 6 párrafos en una hoja.









domingo, 20 de abril de 2014

Embrace

Avanzábamos cuesta arriba luchando con las calles hechas ríos cuando Jaime volteó y preguntó curioso si en Lima también llovía así. Nos miramos las caras y no supimos que decir, así que sólo atinamos a reírnos y decirle que no. ¿Cómo explicarle que la lluvia en Lima es un chiste? Ese día recordé cuanto extrañaba la lluvia de provincia.   

No hay nada mejor que salir a la calle, levantar la cabeza y ver los miles de puntos caer sobre ti. Las gotas mojándote el cuerpo, el pelo, la converse rojas que me niego a lavar. Me encanta el sonido de la lluvia contra los techos, el aire hecho humedad, el agua turbia llorando en la avenida. Y mientras la gente nos miraba desconcertada y los paraguas se abrían en manos extrañas, seguimos corriendo felices por las calles ayacuchanas. 

Las primeras gotas nos llegaron en el carro, el granizo caía violento y la gente corría a buscar refugio. Bajamos sabiendo que nos esperaban 3 largas cuadras y quizás una caja de chela. Bajamos con miedo y con frío, llegamos a la Alameda con la adrenalina fundida en el cuerpo. El arte de saltar de una vereda a otra sin hundirte, de esquivar los riachuelos en cada esquina, de girar hasta no sentir tu cuerpo y no pensar en neumonía ni en pastillas. El arte de vivir el momento e irte en YOLO como dicen algunos, de llegar y que te reciban con secos de chelas y cantar, reír, bailar todo en un segundo.

Mientras corría no pude evitar ver mis zapatillas y leer las letras en tinta negra que hace tiempo me escribieron, creo que por fin entiendo su significado.


Gracias Ayacucho por la lluvia, por la gente y por mi ropa que aún no termina de secar. Nos vemos el próximo año. 

domingo, 23 de marzo de 2014

Foco Ahorrador


Guardas una brújula en el bolsillo derecho
Para no caminar sobre tus pasos
Ay, que será de ti cuando te vayas
Y de mí que tanto te quiero
Si entre las maletas
Y las ropas sucias que nunca aprendiste a doblar
Ya te has llevado una parte de mí

Ya no sé si es locura lo que me carcome
O la falta de hierro de Doña Clarita
He perdido la cuenta de las cosas
Y los relojes de arena
La manía de andar con dos cosas en cada mano
Porque lo impar siempre me dio miedo
O de esperarte con un pie sobre el otro
Para saber que esta tierra existe
Y yo ocupo un lugar en ella

La boca me cuelga de la cara,
Como un cuerpo muerto y enjuto
Llevo tu sudor atado al cuerpo
Y atada también mi melancolía  

Esta noche no habrán amaneceres
Habrás partido ya de mi memoria
Y tu cuerpo no será más que cenizas
Y tú nombre una línea más en las hojas que escribo
Guardarás una brújula en el bolsillo derecho,
Pero no te seguiré ni tú caminarás conmigo  

sábado, 4 de enero de 2014

Lo que el 2013 se llevó


Advertencia.- Estas líneas pueden ser muy emocionales: No encontrarán resaltadores, oraciones que por lo general no tienen sentido y situaciones entre divertidas y penosas. Es un post normal de una persona que se quedó sin leche por la noche, que escribe con una pantalla rota y que definitivamente necesita lentes nuevos.

El 2013 pasó muy rápido, más de lo que quizás me hubiera gustado pero el tiempo es engañoso y aunque a veces intentemos aferrarnos al reloj, algunas cosas llegan inevitablemente a su fin. ¿Cosas que aprendí? Creo que muchas como, por ejemplo, aprender a amarrarme los pasadores. Y aunque quizás muchos me ataquen con una mirada de desprecio infantil, es un logro para mí. Adiós caídas, adiós esconder mis pasadores dentro de suelas y tobilleras, adiós medusas de colores. Reto 2014: Aprender a leer la hora para no pasar roche. Pero bueno, volviendo al punto y en un súbito arranque por ser emocional acá van mis lecciones del 2013: 

1. Las buenas amistades llegan cuando menos lo esperas.-  Dos semanas de orientación que se convirtieron en cinco meses. Jergas, juergas y kilos de más  me llevaron a conocer personas realmente increíbles. Quién diría que lo que inicio con una bebida, con luces rojas y palabras en idiomas entrecortados se transformaría en un sin fin de salidas, conversaciones, abrazos y muestras del más grande afecto. Me alegro que hayamos sido los patas raros que sobrevivieron todo el semestre a esa gringada chévere y especial al mismo tiempo. 


Extrañaré las tardes de Miraflores que siempre terminaban con algo de comer, llegar a la oficina e irme cuando llegaba Jesús, las noches en el Malecón donde los previos se transformaban en una velada tranquila llena de alcohol, uno que otro serenazgo y lugares incómodos para orinar. Extrañaré San Isidro con el Olivar que jamás terminaré de comprender, con el árbol que siempre me abrazaba en la noches o el murito de la esquina donde perdí mi billetera. Extrañaré también caminar por Juan de Arona, Aquepara, República de Colombia con la compañía de una abuela siempre dispuesta a engreírme y una cabra que nunca dice lo que piensa. Los planes inesperados, la presencia de Avatars que me hacían sentir realmente pequeña, las palabras hispanas emocionales de un duende y la mina de orégano que encontró alguien en su bolsillo. Por el momento he decidido alejarme de esos lugares que me colman de nostalgia pero a la vez de alegría y a ustedes, si llegan a leer esto, sólo les digo gracias. 

2. Para los verdaderos amigos no hay obstáculos posibles.- Pasar a facultad (Me creo chévere) me separó de varias personas a las que estaba acostumbrada a ver todo el día. Distintas carreras, obligaciones, amigos y asociaciones van cortando espacios y cursos en común. Sin embargo, quedan los que siempre estuvieron. Esos que luego de meses (Sí, galleta) aparecen con pucho y encendedor en mano para hablar de la vida. Aprendí también que quienes te quieren no te retienen, limitan o impiden crecer. Por el contrario, son los primeros en empujarte y darte ánimos. Y aunque a veces extrañe a algunos y mi orgullo juegue malas pasadas, debo seguir adelante. Primero, porque si alguien la caga, la cagó. Segundo, porque es mejor quedarse con buenos recuerdos que llenarte de malas vibras. Como dice alguien que conozco:  "Don't cry cos is over, smile cos it happened"

Y aquellos que soportaron mis constantes desaparecidas, mis mensajes sin responder, mis cambios de planes de último minuto, gracias por tener la paciencia para secuestraerme de cuando en cuando y traerme de vuelta con sus palabras. Yo nunca me iré y lo más probable es que me encuentren tendida en mi cama tomando leche de caja, porque la de tarro nunca me vaciló.

3. No cambies por alguien, cambia por ti mismo.- No vendas ideas que tú no crees ni promesas que no puedes cumplir. Fingir ser otra persona por agradarle al resto no funciona. Los cambios efímeros solo te regresan al mismo punto de partida y probablemente, con más pérdidas que ganancias. En lo que respecta a mí, ayer me atacó la idea de dejar de fumar de nuevo así que veremos hasta cuando me dura.

4. No entregues todo por personas que no valoran tu esfuerzo.- Las amistades y relaciones se a construyen de a dos pues el afecto es recíproco y no puedes esperar que las personas permanezcan a tu lado cuando lo único que haces es alejarlas. No puedes perseguir a quien te trata con indiferencia y desprecio, que dispone de tu tiempo cuando es incapaz de ceder el suyo. No puedes maltratar a otras personas y esperar que te escuchen al menor reclamo. Si algo aprendí este año es a contener la respiración, a ponerme en la piel del otro y reemplazar los momentos de furia por una paz profunda y un par de audífonos. Las palabras son marcas en la piel y por ello deben ser empleadas sabiamente. La tolerancia viene con el tiempo y aunque la adrenalina y los ataques luchen por salir, siempre hay formas de mantenerlas al margen.

Este año que se va ha sido un año de cambios, retos, fuertes emociones y muchos viajes. Un ciclo más en la universidarks me asusta pero me motiva a superarme y no defraudar a quienes confían en mí. Siento que estoy creciendo mucho (No en tamaño pero si en corazón). Quizás lo más importante que descubrí este año es que siempre debes ser honesta con tus sentimientos, habla quien por años se guardaba las cosas por miedo (Y eso incluye la mitad de los posts de este blog) Para algunos puede ser intimidante, irritante o aburrido pero para mí es necesario. Si quieres a alguien: díselo, si quieres llorar: hazlo, si ya no puedes más: dilo. Pero nunca te quedes callada. Las emociones son muy traicioneras, pueden alegrarte como hundirte en cuestión de segundos. Como dicen, el que arriesga no gana y creo que ahora logro entender a que se refería esta frase.

Estos son mis humildes balances del 2013, claro que podría agregar muchísimas cosas más pero prefiero no hacerlo. Para el 2014 no tengo predicciones primero porque siempre me gustan las sorpresas y segundo porque así como no sé leer la hora ni atarme los pasadores, los calendarios nunca funcionaron conmigo.





lunes, 12 de agosto de 2013

Pa la brasa


Entonces diré que ya no sé lo que hago ni lo que digo, que ya me cansé de etiquetar las cosas con nombres innecesarios. Se me ocurre que un día puedo ponerme post-its en todo el cuerpo, ahí les va mi protesta hipster. ¡Dejemos de utilizar nombres para llamar las cosas! Entonces estas líneas no deberían ser escritas en tanto tienen nombres y son identificables. Identifica las palabras, encuentra el sinónimo, el antónimo, la incoherencia. Que la Real Academia Española, que si no la usas entonces no escribas, porque lo que escribes son huevadas. Que el examen de admisión y el 50 por ciento, Marco Aurelio estaría orgulloso. El castellano estándar, el libro de Pinker y las clases de Chirinos con té adelgazante. Las jergas que debes y no debes usar para estar in. Osea dentro, osea traductor google para poner canciones en algún idiomarandom que te hagan ver chevere. No te creas:  La mujer de magia negra baila bajo el lado oscuro de la luna. Porque yo no te puedo decir amixer sin que te rías, porque te ofendes si eres mi casha y te tomo una foto pal feis. Entonces alcánzame la cosa, ayúdame con eso y tirame lo otro para que no te resientas o es que me debes repetir que debo hablar con propiedad? En la mesa no se habla de política, en la mesa se habla de lo que mierda me da la gana. Si al final lo lames, lo acabas o lo tomas ¿Por qué te haces tantos problemas? Me gusta ver como el lenguaje se deforma, como se deforma tu cara cuando hablo a mi manera. Como satisface necesidades que para algunos son precarias. La verdad no tengo hambre pero me comería las palabras y la vomitaría de a poquitos sobre la alfombra de seda que trajiste de los yunaites (¿Va con mayúscula?) Nunca me hicieron sopa de fideos. Una por tu papá, otra por tu mamá y otra por Martha Hildebrant. Vonapetit hermanos. 



Borrador.


El día que inauguraron el tren del pueblo, me llevaste a empujones por las calles vacías, vestida como una niña pequeña que recién aprende a andar. Ponte bonita- me dijiste- que no todos los días se ve al presidente. Pero yo sólo quería dormir. Un sombrero de paño azul hecho a la medida de alguna cabeza extraña y unos zapatos de charol empañados por el tiempo nos llevaron al desierto, allí dónde el sol no descansa y la arena se cuela por cada poro de vida. 

Si Tatita nos mirara desde arriba, estoy segura que soltaría una carcajada. Pero yo no creo en el cielo ni en esas cosas, esas son invenciones de Don Amador. A lo mejor y nos mira desde abajo, desde el centrito de la tierra, a lo mejor y ella es la que me jala los pies todas las noches. Lo juro papaito, yo la siento. Si tan solo estuvieras aquí, le zamparías un manazo y lo dejarías quietecito. El gobierno sólo viene a jodernos- le dirías- y yo podría seguir durmiendo bajo tus manos tibias. Pero él no entiende razones y quizás yo tampoco y creemos que ese tal Hilarión Daza nos llevará a algún lado, allí donde podamos hacer historia.