Entonces diré que ya no sé lo que hago ni lo que digo, que ya me cansé de etiquetar las cosas con nombres innecesarios. Se me ocurre que un día puedo ponerme post-its en todo el cuerpo, ahí les va mi protesta hipster. ¡Dejemos de utilizar nombres para llamar las cosas! Entonces estas líneas no deberían ser escritas en tanto tienen nombres y son identificables. Identifica las palabras, encuentra el sinónimo, el antónimo, la incoherencia. Que la Real Academia Española, que si no la usas entonces no escribas, porque lo que escribes son huevadas. Que el examen de admisión y el 50 por ciento, Marco Aurelio estaría orgulloso. El castellano estándar, el libro de Pinker y las clases de Chirinos con té adelgazante. Las jergas que debes y no debes usar para estar in. Osea dentro, osea traductor google para poner canciones en algún idiomarandom que te hagan ver chevere. No te creas: La mujer de magia negra baila bajo el lado oscuro de la luna. Porque yo no te puedo decir amixer sin que te rías, porque te ofendes si eres mi casha y te tomo una foto pal feis. Entonces alcánzame la cosa, ayúdame con eso y tirame lo otro para que no te resientas o es que me debes repetir que debo hablar con propiedad? En la mesa no se habla de política, en la mesa se habla de lo que mierda me da la gana. Si al final lo lames, lo acabas o lo tomas ¿Por qué te haces tantos problemas? Me gusta ver como el lenguaje se deforma, como se deforma tu cara cuando hablo a mi manera. Como satisface necesidades que para algunos son precarias. La verdad no tengo hambre pero me comería las palabras y la vomitaría de a poquitos sobre la alfombra de seda que trajiste de los yunaites (¿Va con mayúscula?) Nunca me hicieron sopa de fideos. Una por tu papá, otra por tu mamá y otra por Martha Hildebrant. Vonapetit hermanos.
Jamón del país: Amar a la patria bien nos exigieron, si ellos son la patria, yo soy extranjero.
lunes, 12 de agosto de 2013
Borrador.
El día que inauguraron el tren del pueblo, me llevaste a empujones por las calles vacías, vestida como una niña pequeña que recién aprende a andar. Ponte bonita- me dijiste- que no todos los días se ve al presidente. Pero yo sólo quería dormir. Un sombrero de paño azul hecho a la medida de alguna cabeza extraña y unos zapatos de charol empañados por el tiempo nos llevaron al desierto, allí dónde el sol no descansa y la arena se cuela por cada poro de vida.
Si Tatita nos mirara desde arriba, estoy segura que soltaría una carcajada. Pero yo no creo en el cielo ni en esas cosas, esas son invenciones de Don Amador. A lo mejor y nos mira desde abajo, desde el centrito de la tierra, a lo mejor y ella es la que me jala los pies todas las noches. Lo juro papaito, yo la siento. Si tan solo estuvieras aquí, le zamparías un manazo y lo dejarías quietecito. El gobierno sólo viene a jodernos- le dirías- y yo podría seguir durmiendo bajo tus manos tibias. Pero él no entiende razones y quizás yo tampoco y creemos que ese tal Hilarión Daza nos llevará a algún lado, allí donde podamos hacer historia.
viernes, 28 de junio de 2013
Kip
Por las noches, cuando los ronquidos de sus padres inundaban de ecos la habitación, le gustaba escurrirse por las escaleras hasta el último piso de la vieja casona de su infancia y acurrucarse en la esquina del parapeto para ver la ciudad en todo su esplendor. A lo lejos, la catedral lo mecía en sus campañas quietas, en sus ding dong silenciosos y él, que creía haberlo vivido todo, se sentía nuevamente un niño. Muchos dirán que por las noches la ciudad descansa, pero para él siempre estuvo más viva que nunca. Y es que el brillo de la noche arequipeña teñía las cosas de un matiz especial. El árbol no era más un árbol y la calle ya no era sólo arena sino que todo estaba envuelto en una sustancia distinta. Lejos del barullo y de las personas arrastradas por el sonar del reloj, la vida-pensaba- encontraba otro carisma.
Algunas veces se animaba a salir, envuelto en el calor de sus sábanas azules. Se lanzaba a la calle y a torpetones, con los pies desnudos, ávidos de sentir ese piso nuevo, se movía de un lado a otro meciendo su cuerpo suavemente. De vez en cuando perdía el equilibrio y quedaba tendido en el suelo con la espalda estampada en el frío espeso. Pero no se inmutaba y aprovechaba para ver las estrellas una y otra vez hasta aparecer en las puertas de otros lugares vacíos. Su cuerpo lo manejaba a gusto y antojo, y perdía la memoria de a ratos,
domingo, 12 de mayo de 2013
El ojo de Gertrudis
No puedo recordar la primera vez que te vi fijamente a los ojos, no dije nada aunque en el fondo moría de miedo, no dije nada aunque tuviera mil y un preguntas en mente. Sólo sé que a aprendí a mirarte, a creer que también me mirabas de la misma manera en la que miro la cuchara de sopa vacía, a pensar que detrás de aquel ojo, de aquel órgano caniquesco y ensangrentado, estaba tu alma. Y cuando la gente me preguntaba sobre ti, sólo atinaba a quedarme en silencio, como si algunas preguntas estuvieran hechas para nunca ser dichas, como si los lentes oscuros pudieran tapar el frío de invierno.
Y sin embargo, cuantas veces me hubiera gustado tener tu vista, tu tacto, tu piel manchada de laceraciones. Tenerla para ver aunque sea un poco menos, para no sentir tu mirada a la distancia y así negar las cosas que últimamente me arrastran a tu lado. Robarme tu ojo derecho y jugar a las escondidas o ponérmelo debajo del pecho para bañar de realidad la poca verdad que existe en todo esto. Dejar que el moco caiga sobre mis venas tibias, que el ojo se haga piel y con ella sangre. Que extraño es no ver tu ojo desorbitado sobre mi habitación ni arreglarte el flequillo con esa asimetría negativa que tanto usabas para esconderte. Más aún, sentir el peso de aquel bulto carnoso que caía sobre la realidad ciega, lleno de un aire a guardado, a recuerdo de un plato mejor. El paso en falso, el hombro caído, tus ojos chocando en este piso frío y rojo que aún no aprendo a limpiar.
martes, 9 de abril de 2013
El fenómeno de las lágrimas desfasadas
Suele pasarle a la gente que no utiliza dos medias antes de dormir, un famoso fenómeno que ataca de noche, el fenómeno de las lágrimas desfasadas. Consiste en que cuando pasa algo fuerte, feo, brutal, no puedes llorar. De nada sirve apretar los cachetes para que salga una lágrima o cerrar los ojos hasta que se pongan rojos. Nada, señores, nada. El alma seca te avisa desde abajo que hoy no es día de lluvia. Algo ciertamente incómodo en funerales y más aún cuando tu madre busca que te sientas culpable.
Y uno que intenta llorar, en el momento adecuado, para calzar con la situación y simplemente no puede. Insensible-me dijeron a los 12 años mientras el ataúd de mi abuelo bajaba en la tierra, también muerta. No es que no quiera llorar, es que no puedo. Una buena salida ante este tipo de situaciones incómodas es descender la cabeza levemente, llevarte la mano derecha en forma de puño a uno de tus ojos, sobarlo con suavidad cómo si fuera un frasquito con pimienta y hacer sonidos extraños con la nariz/boca para disimular. No es 100% efectivo, pero al menos sirve para distraer a los familiares entrometidos.
Y sin embargo, dos semanas después aquí me tienen llorando por huevadas sin sentido, mientras mis lágrimas recorren el cinturón de seguridad y yo siento ese pegoteo húmedo en mi brazo. Llorando, porque no me dieron cucharita para el postre, porque perforé mal una de mis hojas y no entra en el pioner, porque se le salió la funda al audífono derecho, porque mi hermano se olvidó de que no comía carne y de que me moría de hambre mientras se tragaba una Bembos en mi cara. Llorando, por algo que pasó hace una semana, quizás un mes, quizás mañana. Pero bueno uno no aprende a llorar, no hay técnica, ni postura, menos tiempo. Uno sólo siente que la vida se va por sus ojos y las palabras surcan las pupilas, cómo un barco balanceándose en medio de una lluvia torrencial.
Los síntomas secundarios son un dolor de cabeza infernal, extraño si es que nunca te dan dolores de cabeza. Me pregunto que dedos son los que aprietan mi sien en este momento, seguro que no son los míos porque tocan estas teclas.
domingo, 31 de marzo de 2013
Es como una cheese burguer sin queso
La verdad esto comienza a parecer un diario, pero a quien le importa. Terminé bebiendo y fue gracioso, gracioso porque fui a la playa con toda la intención de leer. La verdad no quería ir, pero el deber moral de mis padre fue más fuerte. "Aunque sea anda un día-me dijeron-no puedes quedarte cuatro días sola" (En teoría si puedo, ustedes no comprenden la satisfacción que produce arrojar la ropa por la cosa y no lavar los platos por tres días, la libertad al desnudo) Pero bueno mi culpa pudo más y me vomitó por ahí con todo y zapatos.
No recuerdo cuando fue la última vez que me quedé a dormir en esa casa. Pueden ser dos años o incluso más. Las sábanas celestes con florecitas rosadas han sido sustituidas por un colchón vacío y una puerta inexistente te da la bienvenida a la completa oscuridad. Muchos apuntes para escribir sobre esa infancia, sobre mi yo-veraniego, pero ganas pocas de hilar mis palabras. Tengo cuatro días de alcohol espeso en mi sangre, cuatro días de escuchar música hipnótica y hacer pasitos divertidos. El teke-teke, la limpiada de hombro cuando suena el culimix y la media vuelta sacude duro. "Manual de instrucciones para bailar apropiadamente en una discoteca", "Cómo limpiar la casa en tan solo diez pasos" (Incluye poster de Esto es guerra, porque Combate ya no es bacán) Ayer terminé en una discoteca rara, al menos para mí y encontrarme con tantos conocidos fue divertido. Creo que mis amigas se emocionaron por el hecho de que lo que menos imaginaban era encontrarme ahí.
Hielo en bolsa, whisky, cara de insatisfacción por el nivel de alcohol en mi vaso, el mismo grito estúpido cada vez que suena una canción conocida (Aguanta, esa es MI canción), brillo con brillo que no va, caño enyesado, hamburguesa de doble carne para el camino. Chibolos cojudos y deprimidos que creen que golpeando una puerta los dejarán pasar. (Cholo de mierda, ábreme la puerta) Otros más avezados que desafían la naturaleza trepando la reja y tirándose al suelo duro. (No huevón, no vuelas), en conclusión un espectáculo bonito para mis ojos.
Mientras mi cuerpo bailaba por mí y mis brazos se doblaban una y otra vez (Imagen mental: Fiesta infantil, cajita feliz, juguemos Simon Dice) me di cuenta que algunas veces debes adaptarse a las circunstancias, no toda la gente puede adaptarse a ti. "Es como pedir una cheese burguer sin queso" como estar con amigos y hablarles por celular, como crearte Ask y pedir que no te pregunten huevadas, como ir a provincia y quejarte porque no hay kfc No es que no te guste, es que en el fondo te sientes hater negándolo. No te sientas, sólo has. No restrinjas, sólo disfruta. No puedes estar en un lugar y sentirte chevere porque te ríes de todo el mundo. Eso no te hace chevere, te convierte en un perfecto imbécil. Las risas son buenas, pero el silencio también. Esto parece un spot de Susana Villarán y por un segundo me sentí Paulo Coelho. Ok, no.La risa mental es más divertida cuando no pone en ridículo a la gente que conoces, o a la que dices estimar.
Salimos, hace tiempo no hacía tanto deporte. Caminar sobre tus pasos, ver gente tomarse fotos para el feis, el twitter, para incrementar tu feedback social. Usar Instagram y poner ochenta hashtags para que el mundo se entere que te divertiste (Lo siento, ser tolerante no es cosa de un día) Buscar transporte, caminar en el limbo y sentir la furia de los carros llegando a su destino. Señor, ¿Cómo nos va a cobrar siete soles? Figurita de lámina Huascarán (Porque Amazonas era muy mainstream) Claudia bajando de un puente peatonal en medio de la niebla, con la piel erizada y la conciencia también.
viernes, 29 de marzo de 2013
Será que en tu dolor encuentro placer.
Hoy me desperté en
una cama ajena, pero todo me resultó tan familiar. ¿Será acaso que ya no
pertenezco a ningún sitio? Últimamente siento que he perdido mi espacio, mi
punto de partida, el metro cuadrado del señor de la esquina. Todo es tan
temporal que dudo si realmente existo o si soy tan solo un producto de la
imaginación de un hombre masturbándose mientras ve Plaza Sésamo.
El ascensor me
baja y me arroja en un intento desesperado por liberarse de aquel peso pesado
que no deja de mirarse en el espejo. Mi pie derecho se mueve y yo con él, me
despido del señor que está sentado en una silla vieja, leyendo el periódico que
hoy no se me antoja comprar. ¿Sabe cómo llego a Salaverry? le pregunto, y me
lanzo a la calle.
Sonidos de
construcciones que no quiero oír, algún día viviré en Magdalena. Ningún taxi me
quiere llevar, mejor Señor la verdad no tengo dinero. Tampoco documentos, ni
celular. Este sería el mejor momento para secuestrarme, nadie se enteraría,
nadie me espera en casa. Yo pertenezco a la calle, a los baches de la pista que
los carros serpentean, al aroma a playa que flamea en las cocinas, a esa niebla
hermosa que me traga a cada paso.
Mi cuerpo voltea a
la derecha, sigue caminando y se siente vivo en esa tierra mía. Antojos en el
grifo de la esquina, un olor a gasolina que siempre me gustó cuando íbamos a la
playa. Ayer alguien preparó sopa Ajinomen, ayer algo de atún con galletas.
¿Tendrán leche chocolatada con cañita rebelde? ¿Estará helada? No, no, mejor
no. Debo comprar leche antes de que se acabe.
La niebla me
absorbe y las cuadras se hacen infinitas. Camino por Rio de Janeiro hasta
llegar a Nicaragua. La residencial San Felipe es tan hermosa, como un muerto
embalsamado en la urbanidad, cómo esa noche dónde orinaste al pie de las escaleras.
Unas señoras se asoman desde el balcón. ¿Nos ves? Estamos moviendo las manos.
Sí, aquí arriba, ahí el edificio marrón. Un par de atisbos
de silbidos acompañan a mis oídos a través de las cuadras. Si me vas
a silbar, sílbame bien pues huevón. El morbo, el quiero pero no tanto.
Me pregunto si los
que viven arriba de Metro escucharán las ofertas todas las noches. Qué bonito
vivir en 2x1, en descuentos de pescado cuando yo sólo comeré atún. Cruzo la
pista, la gente se mueve despacio, necesito ir al baño pero tengo esperanza de
que me llamen temprano. A falta de celular, el teléfono fijo siempre puede
sonar. Me subo adelante como siempre y no puedo evitar una gran sonrisa.
¿Habrás guardado tu fotocheck desde ese día? ¿Te intimidaron mis ojos durante el
camino? La misma camisa, el mismo pantalón, los mismos botones que te amarran
al cansancio, las mismas ojeras de un lunes por la mañana. Miguel Ángel, nos
volvemos a ver. He encontrado al fin mi lugar. No necesito que te acuerdes de
mí, yo soy feliz viéndote vivo.
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