miércoles, 30 de junio de 2010

El reloj de pared ya no da la hora

Repiqueteo escándoloso de alas de hierro,
Gime bajo mi pecho el aullar de la última cortina,
Y allí, en la sala oscura, muerta y diáfana
Quieto e incesante, el reloj no se mueve.

Thumb-tic, dap-tac
Thumb-tic, dap-tac,

Un latido metálico entristecido,
Un resoplo oxidado, unúltimo aliento de vida

Y nadie se atreve a cambiarlo,
¿Quién conspira contra el tiempo arenoso?
Miedosos, ¡No desean alterar la partida!
Ni firmar antes su acta de vencimiento

¿Quién dará ahora la hora del día?
¿Quién fulminará los últimos segundos de suplicio?

Thumb-tic, dap-tac
Thum-tic, dap-tac

Lo escucho a lo lejos, su llama extinguida
Su lucha de cobre, tintineo de plata
¡Algo vibra! ¡Vibra aquí adentro!
Y perece conmigo, en mis largas o cortas
Palabras de cucu enjaulado

Les repito señores,
He sido testigo,
El reloj de pared ya no da la hora

domingo, 13 de junio de 2010

Senderos de vida

No son sino punteagudos senderos,
Los que hoy transito en tus sólidos ojos
Dudo perderme en las rutas de tu cuerpo,
Dudo inquietarme ante sónidos sordos

Yo ruedo en el tiempo corto e infalible,
Sostengo el equipaje con las manos vacías,
Bajo la luz intermitente, una señal de espera
Quizás llegues mañana, quizás partas hoy día

Y si en tu honda niebla taciturna,
Logro alguna vez hundir mi rostro enajenado,
Pido ser ciergo y no mirarte a los ojos,
Ni rasparte la piel con palabras de seda


Al cruzar la calle

Llego a mi casa corriendo, como de costumbre, luchando contra el reloj y sus poderosas armas de fuego, esas punteagudas agujas que resuenan una y otra vez en mi cabeza, con su tic tac monótono, un latido de plástico quejumbroso e incesante.

Me alisto rapidamente y dejo en una esquina amontonados mi gris y triste falda escolar, mi polo pique que una vez fue blanco, mis medias hasta la rodilla mismo convento y esos zapatos mal lustrados que no me dejan respirar. Un olor a cárcel tan profundo e inmerso en la piel.

Cojo mis pocos libros y desciendo por las escaleras hasta llegar a la reja, la abro y escucho su chirrido penetrante en mis oídos, la cierro con brusquedad y me dispongo a cruzar la calle.

Pero, algo interrumpe mi atención, me llama desaforadamente y a tientas lo veo, una irónica sonrisa se forma en mi rostro, detiene mis látidos y me deja a la espera de una palabra, que en situaciones como estas, quedan cortas.

Un carro mal estacionado que lucha contra el mar vehicular, que trata de sobreponerse en la armoniosa y bulliciosa cola de espera (La cortesía ante todo, amigos míos) y dentro de un mundo sin fecha de vencimiento.

Mi mirada se adentra en su forma, en su respuesta pasiva, la forma en que camina e intenta correr en vano me conmueve. No, no es cualquier carro, no es cualquier placa oxidada que perece entre gemidos taciturnos (¿Aun creen en las respuestas?), dentro de ella algo nace y respira, un amor embotellado, una pareja en rojo y de sonrisa verde. (El ámbar ya ha pasado de moda) Los miro, escapándose de todo ese bullicio inevitable entre obras mal hechas y asfaltado imperfecto; ellos en su propio mundo donde el tiempo se quiebra en miles de fracciones y sus agujas no logran tocarlos... allí, ellos, en su nido de amor.

Esquivo la ola de carros inmoviles y cruzo la pista presurosa no sin antes guardar en mi memoria que allí junto a muchas otras puertas, ruedas y carriles, he hallado al fin y al cabo el significado del verdadero amor.